Como ya lo venían haciendo a partir de Constantino, a principios del siglo XX las potencias europeas utilizaron la religión (esta vez el Islam) para cimentar su dominación en los territorios colonizados. En ese sentido, a principios del siglo XX se estimuló la creación de la diferenciación irreconciliable entre sunitas y shiítas, que impediría cualquier unión estratégica de los pueblos musulmanes del Medio Oriente.
Pero a finales del siglo XX, la religión reducía cada vez más
su influencia; entonces fue creada la Hermandad Musulmana, que a través de las
Primaveras Árabes, sometería a los pueblos musulmanes mediante el renovado
“islam político”, garantizando el dominio occidental sobre los recursos
energéticos de la región.
Así mismo, con la nueva Ruta de la Seda en desarrollo y las
negativas de Irak y Siria a hipotecar su territorio, Occidente estimuló el
separatismo kurdo y la creación de un sunistán en los territorios que
pertenecen a Irak y Siria, a fin de bloquear la ruta
Beirut-Damasco-Bagdad-Teherán-Beijing. De allí la creación de un Califato
Islámico con un fortísimo financiamiento por parte de las potencias
occidentales.
Por otro lado, para diversificar la dependencia del petróleo, Europa
y las administraciones demócratas estadounidenses (cuyos principales lobistas
son el complejo militar-industrial), vienen planificando desde la
administración Clinton la conversión masiva de sus tecnologías energéticas, contando
con los enormes reservorios de gas de Canadá y la construcción de la infraestructura
apropiada desde Qatar hasta Europa, vía Arabia Saudita-Irak-Siria-Turquía.
Para llevar a cabo ese plan, se debía bloquear la distribución
energética a Europa desde Rusia, lo que se lograría organizando la guerra
en Ucrania, para justificar la necesidad de actuación de la OTAN a lo
largo de toda la frontera europea con Rusia. En esa idea, se ofreció a Turquía
un falso pase de entrada a Europa, mientras se organizaba su desmembramiento,
iniciado con un golpe de estado que resultó fallido, gracias a la intervención
de Rusia. A raíz de ello, Rusia se activaría en la defensa de Siria, para
defender su frontera sur e interrumpiría el curso de la destrucción de esa
nación y de la construcción de los gasoductos dirigidos a Europa.
Entonces los británicos decidieron reformular la disposición
de la infraestructura gasífera, promoviendo una alianza política Doha-Teherán-Ankara
(apoyados por Hezbolah y Hamas), que daría como resultado la disolución del
conflicto “sunitas versus shiítas”
y permitiría que la construcción de los gasoductos cambiara su rumbo, incluyendo
a China en la distribución gasífera desde Irán, lo que a la vez afectaría las
relaciones entre los dos gigantes asiáticos.
En ese sentido, algunos
altos líderes de Hamas (que pertenecen a la Hermandad Musulmana) se han reunido
en la última semana con altos cargos de Irán, mientras otros se han reunido con
altos cargos de Egipto, lo que podría evidenciar la existencia de negociaciones
en la búsqueda del apoyo a la solución de Dos Estados, sin comprometer la
posición oficial del gobierno palestino.
Ahora bien, la decisión de cambiar la vía de distribución del
gas dejaría fuera del negocio a los saudíes, que han gastado tiempo y recursos
en contra de Yemen, por el dominio de las reservas del mineral que está en ese
territorio, a la vez que han soportado las pérdidas económicas por el
prolongado tiempo de la baja del precio del crudo.
Eso no hubiera producido una diferencia, si no hubiera sido
por la victoria republicana en las elecciones estadounidenses, cuyos
principales lobistas son los petroleros estadounidenses, que ven sus negocios
acabados si el plan de los europeos se completa. Así que una vez impuesto de poder, el mismo
presidente de EEUU promovió que Arabia Saudita, Emiratos y Egipto rompieran
relaciones con la Hermandad Musulmana y arremetieran contra Qatar, principal aliado
de los británicos, replanteando las alianzas en la región.
A todas luces,
parecía que como resultado del anuncio del nuevo planteamiento geopolítico,
habría un choque bélico entre las partes en conflicto; a la sazón Irán y
Turquía inmediatamente comenzaron el envío de tropas a Qatar, en previsión
de un inminente ataque saudí. Sin embargo, el 15 de junio, EEUU anunció la
venta de 36 F-15 por 12 mil millones de dólares a Qatar y el 16 de junio hacían
maniobras militares conjuntas, después de haber vendido hace sólo un mes, 11
mil millones de dólares en armas a los saudíes.
Ello evidencia
que el complejo militar-industrial estadounidense está enfrentado con la nueva
administración, que debe cumplir sus compromisos con los petroleros, impulsando
la productividad interna; pero se enfrenta con los que militan en la idea de
que una de las maneras de reactivar la economía del país es a través de la
creación de guerras por todo el planeta, que es la política que ha llevado a
cabo EEUU en los últimos 20 años, en detrimento del resto de la industria del
país.
Por un lado, China espera que el
Brexit se traduzca en una alianza económica y financiera con Londres,
a la vez que se
beneficiaría con el fin del yijadismo, lo que inhibiría el peligro del
terrorismo en su territorio y los alrededores. A la vez que sacaría partido de
la nueva arquitectura gasífera que la incluiría, para no depender exclusivamente
del gas ruso, lo que le daría cierta libertad de desarrollar sus industrias
pesadas y su agricultura en el sur-este del territorio ruso, que está siendo
colonizado desde los últimos 20 años por las empresas chinas.
Por otro lado, Beijing apuesta
por la colaboración de Donald Trump, con la apertura de EEUU al Banco
Asiático de Inversión para la Infraestructura (AIIB) y con el desarrollo de
todas sus rutas comerciales. Pero tiene que sopesar que la creación del Califato
Islámico se debe a los mismos que dispusieron la destrucción de las naciones
con las que tiene frontera, afectando de manera directa su territorio y sus
planes estratégicos; por ello no puede descuidar su alianza estratégica con
Rusia, que sería el único garante de la estabilidad de sus fronteras
occidentales.
Mientras tanto, Trump ha instado a
aumentar las exportaciones de gas y petróleo para que su país
consiga dominar en esa esfera. Ello parece estar en sintonía con la preparación
de la apertura de un frente en Venezuela, con lo que se apropiarían
definitivamente del mercado mundial del crudo, lo que no afectaría directamente
a China, pero contendría muchos proyectos estratégicos, tal como las vías
alternas de la nueva Ruta de la Seda.
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