Opinión Pública
En la actualidad se entiende por Opinión Pública al conjunto de creencias y juicios que una sociedad presenta en un momento dado sobre diversos temas relacionados, principalmente, con el presente de la cuestión política. A pesar de que los orígenes del concepto se pueden localizar a finales del siglo dieciocho en la Europa prerrevolucionaria, el mismo solo constituye una formula permanente de la práctica social de la modernidad en los últimos sesenta años, muy especialmente ante la oportunidad en que se han desarrollado metodologías y técnicas capaces, verosímilmente, de plasmar su significación cuantitativamente.
Es así que solo es probable advertir su verdadero rol, contemporáneamente, en la misma medida que es factible vislumbrar que su funcionalidad, dentro del ámbito general de las actuales democracias occidentales, supone la sustracción del contenido de las opiniones a favor de la generalidad numérica, a los fines de detectar su mesura. En tal sentido la denominada Opinión Pública solo es concebible y útil en la medida que remite a estados de opinión masiva susceptibles siempre de ser traducidos al ámbito abstracto de la magnitud, ocurriendo que su posibilidad siempre reclama la aplicación de los números relativos y absolutos como herramienta para su significación, comprensión y posterior generación de aplicaciones prácticas.
Por otra parte tenemos como elemento de sustento que le da coherencia e inteligibilidad práctica al contenido de la Opinión Pública, a la noción moderna y decimonónica de “Democracia” fundada en los principios de “representación” y “decisión de la mayoría”. Solo bajo la premisa de una sociedad política regida por ambos principios se hace susceptible la constitución de tal noción, vale decir; “representación” que reseña abstracta y equivalentemente el estado real de la opinión colectiva y “mayoría” como axioma práctico que invoca en ultima instancia el tema de la decisión vinculada al poder y la obligación jurídica que de ello se desprende.
La Opinión Pública, tal cual se conoce desde su advenimiento a mitad del siglo pasado, solo se produce y alcanza sentido en tanto demanda persistentemente un latente y futuro escrutinio electoral, surgiendo entones como fenómeno subsidiario de tales procesos y como dispositivo de mediación capaz de condicionar la asunción, como poder, a los dominios de los estadios institucionales.
Es por ello que el advenimiento de las ciencias actuariales y la priorización de las indagaciones públicas con fines políticos a través de las encuestas a partir de las primeras exploraciones en EE.UU. por parte de George Gallup a mediados de la década de los cuarenta, le ha dado a la Opinión Pública una característica que el mero acto electoral no le daba y que en la actualidad hace que tenga una suerte de perpetuidad en la vida social. Sí en principio la cuestión electoral era la que le daba relevancia a la Opinión Pública cada cierto tiempo, la posibilidad de que se pueda captar los estados de esta, más allá de los meros eventos electorales, ha reforzado la permanencia e importancia de la Opinión Pública como fundamento que resalta los limites de la practica política y por tanto como elemento generador permanente de este accionar, máxime cuando las actuales democracias la han hipostasiado y sacralizado como eficaz sustituto del tradicional “Pueblo”.
Pero la naturaleza de la Opinión Pública no solo se encuentra, en estas ultimas décadas remitiendo a estados numéricos en relación a diversos temas de opinión colectiva como su simple genealogía lo indica, sino que ha devenido, muy especialmente por causa de la creciente imposición de mecanismos tecnológicos dirigidos al control de la conducta social y de las múltiples subjetividades que la conforman, en una suerte de hibrido donde además de la opinión basada en la significación, se incluye la afectividad colectiva y los estados emocionales de esta. A este respecto es de resaltar y tener muy en cuenta para la comprensión de esta nueva presentación de la Opinión Pública que se encuentra “en pleno desarrollo”, que la acelerada carrera tecnológica dentro del universo de la comunicación, ha llevado a una confección inaudita de ingenios capaces de multiplicar fantásticamente las vías de captación de adictos a estos, conformándose, en este vertiginoso proceso, toda una red de dispositivos de control y direccionamiento de conductas que solo son posibles a través de la aplicación de una serie de practicas y técnicas que se encuentran dirigidas, sobre todo, a la profundidad del alma colectiva, a sus premuras psico-corporales, mas que al nivel cognitivo o ideológico.
Por ejemplo nociones actuariales tan en boga en la politologia actual como el llamado “nivel de rechazo” remiten en una medición, ciertamente, a un elemento numérico, un quantum, pero paralelamente no dejan de resaltar una naturaleza afectiva del conjunto social que solo es traducible y comprensible en dominios cualitativos. El “nivel de rechazo” no es una opinión ni necesariamente deviene de esta, no pertenece al mundo de la relación con la verdad, antes bien es una condición capaz de dar fe sobre un tipo de sensibilidad social que tiene una efectuación genérica no circunscrita al mundo de la significación y que suele ser inducida a su efectuación de manera subrepticia y a través de elementos inconscientes. En este sentido la nueva Opinión Pública que en nuestros días se encuentra en proceso de conformación, y que sin prejuicios bien puede llamarse posmoderna, se instituye a la vez como “sensibilidad publica”, de manera tal que esta puede expresarse también en términos devenidos de la condición afectiva. De allí que cada vez con mayor regularidad la comunicación política suela referirse a estados de miedo, de desencanto, de frustración, etc. cuando suele hacerse referencia a la opinión general, y que paralelamente las técnicas de lucha por el dominio de la Opinión Publica se vinculen con mayor fuerza a la generación de tales estados afectivos en el núcleo mismo del socius.
Es así que ya resulta incontrovertible que la nueva Opinión Pública, esta de última generación, que desde hace un tiempo se esta constituyendo, solo es comprensible y funcional en la medida que progresivamente se encuentra deponiendo el interés por los temas ideológicos que tanto privaron a inicios de la modernidad, para revalorizar y priorizar los estados psíquicos colectivos como su centro de atención. Debemos decir que la Opinión Pública como dominio excepcional para la toma de decisiones se encuentra permanente referida a la reproducción de la vida social, muy a propósito del control y manipulación a gran escala de las subjetividades que la componen, por quienes configuran el centro imanador de de estrategias de poder, ya sea el Estado (en menor cuantía) o las distintas oligarquías globales o nacionales detentoras del capital a través de la propiedad de los medios de producción y reproducción.
Por ultimo debemos señalar que si algo caracteriza este nuevo tenor de la llamada Opinión Pública lo constituye la aparición de los estados de la psiquis colectiva como elemento revalorizador y transmutador de los principios de “representación” y de decisión de la “mayoría”, que en correspondencia con el elemento numérico dan fe de una condición que había sido restada a las urgencias del poder y que tipifica un nuevo modelo con la cual se reproduce la sociedad. Si al principio la sociedad moderna solía intentar dirimir sus urgencias reproductivas a propósito de la noción clásica de verdad, a buen resguardo en la llamada razón y en la metodología de las ciencias, la actual modernidad caduca se abre paso y se configura a propósito de redescubrir las potencias de lo sensible y lo inconsciente como vía expedita que garantiza una mayor eficacia en el control y en la producción de subjetividades. La nueva Opinión Publica a este respecto pudiera llamarse, parafraseándola, “Sensibilidad Publica” en virtud de que los datos de los acontecimientos de la realidad con los que se nutre inequívocamente no son otros que el espacio del inconciente. ¿Sino como entender la desmesura de las estrategias fundadas en el miedo, en el absurdo, en la propagación del odio etc. que los medios ininterrumpidamente esbozan para deflagrar el actual proceso de cambios que muchos países adelantan en Latinoamérica?
Opinión Pública versus Revolución.
Pero no debemos llamarnos a engaño, la Opinión Pública es en sí misma un constructo de la sociedad capitalista derivado de la lógica reproductiva de esta. Por tal razón y como veremos toda Opinión Publica descansa sobre un primado orientado al reforzamiento de los valores y tendencias afectivas que garantizan la continuidad de lo estatuido. Una postura que intente un vuelco constitutivo de la actual sociedad debe comprender que no es la llamada Opinión Pública la que puede condicionar los reales cambios no capitalistas, dado que los elementos productivos que la hacen posible refieren inequívocamente a nociones derivadas de la lógica del capital y del modelo de intercambio que este supone, tales como la ganancia, el provecho, y la propia legitimidad del elemento reproductor, que son sistematizados en saberes difusos y en elaboración permanente como la mercadotecnia. ¿Acaso no es ese dominio de la Opinión Pública un territorio de lucha y tensiones por el intercambio de los adeptos?.
Una consecuente opción revolucionaria debe sobreponerse a la ficción de creer que la Opinión Pública es el referente democrático por excelencia para la guía de sus acciones. Muy al contrario creemos que solo constituye una formula que en su mera presentación esconde los mecanismos con la cual se hace posible y que tienen que ver con el continuo deseo del poder crear subjetividades aptas para la generación de lo mismo y la custodia de las relaciones sociales de producción. De tal modo que estamos convencidos que la cuestión aveniente a la revolución no puede ser solo tratar de ganar batallas en la Opinión Pública por que ello inexorablemente la llevaría a entramparse en la lógica de lo consuetudinario y sin quererlo y de a poco se iría acoplando a los principios con los cuales la sociedad del capital se sostiene.
En vez de dedicar los mayores esfuerzos para que la Opinión Publica le sea favorable, se debería con firmeza sentar las bases para la producción -creación de una “expresividad colectiva” realmente democrática y revolucionaria, una que comenzara por deslastrarse de los principios más caros de la Opinión Pública como son las nociones de representatividad y decisión de las mayorías a favor de nuevos principios en la que la participación efectiva de las colectividades sea materialmente dable y constatable, y en la que la importancia de la multiplicidad social prive sobre la visión genérica y dictatorial de las mayorías fundadas en la clásica perspectiva individualista. Bien se haría a favor de un genuino movimiento anticapitalista el no hacerse eco de la ejemplaridad de la Opinión Pública, dado que ella no es en absoluto democrática, antes bien su posibilidad y su permanencia solo es posible en la oportunidad que ella se origina a partir de incalificables mecanismos de control y sujeción tanto mediática como institucional, generadores ininterrumpidos de una colectividad amorfa, dependiente y de sencilla manipulación, siempre vulnerable a la inducción interesada y a las inconscientes promesas que se deslizan furtivamente a través de los mas fantástico artificios.
Toda Opinión Pública es la síntesis y el resultado de la existencia de una colectividad social incapaz de sobreponerse a los mecanismos que asfixian sus potencias y que le niegan una cercanía con la dimensión liberadora del saber y el hacer; toda Opinión Publica es la consecuencia inmediata de la existencia de férreas condiciones de dominación y control interpuestos desde el aparataje inmunológico del capital global; toda Opinión Publica es la conclusión de la existencia de una sociedad profusamente segmentizada y al servicio de quienes jerárquicamente son sus más conspicuos beneficiarios.
En contrario y como ineludible objetivo de cualquier estrategia revolucionaria, la creación de un espacio de expresión colectiva y común debe hacerse a partir de la generación de una inversión eficaz de los principios que rigen la Opinión Pública, No mas representación porque este principio cede impropiamente los derechos inmanentes de la colectividad y del sujeto a otro en discordia y en ese transito se endosa una propiedad inalienable. No mas el principio de las mayorías porque este solo es una condición evanescente y resguarda la atrocidad de excluir a la diversidad.
Pudiéramos decir, nuevamente, que en vez de la sobre estimada Opinión Publica, la opción revolucionaria debe proponerse la constitución de un espacio de “expresión colectiva” en la que paulatinamente se pueda originar una real multitud que se encuentre en condiciones de conocer la practica social que la supera y reconocer el ámbito diferencial de lo que les de suyo favorable y lo que constituye un latente peligro para su existencia, espacio que no se decreta pero que debe irse conformando en la medida que se desmontan las bases que hacen posible la Opinión Pública como dimensión reproductiva de los intereses del capital y como dispositivo general de sustracción de las potencias de lo colectivo.