Nicolás Maduro -en el Contacto
de la primera semana de junio de 2015- alertó sobre la posible
pérdida paulatina de la conciencia de clase, que como consecuencia
de la guerra económica, podría empezar a sufrir el pueblo chavista.
Y llamó a la lucha contra ese flagelo, que haría retroceder los
logros que ha tenido la Revolución Bolivariana, no sólo para el
pueblo venezolano, sino para la humanidad entera.
Fue a esa vertiente del trabajo
revolucionario que siempre apuntó ese “de los nuestros”
-José Ignacio Taibo dixit- llamado Eduardo Galeano. ¿Qué tiene que
ver Galeano con la ideologización de la que hablaba Maduro? Veamos.
El capitalismo no es un modo de hacer
política, ni es una forma de pensar, al menos no en sus orígenes.
El capitalismo es el mecanismo como se lleva a cabo el intercambio de
la producción de bienes materiales, desde cierto momento de la baja
edad media europea en adelante. Y Marx descubrió que -tal como los
anteriores- dicho modo de producción tenía -ya para mediados del
siglo XIX- un comportamiento tan macabro, que acarreaba en sí mismo
la semilla de su propia destrucción.
Las conclusiones de Marx y Engels
fueron inicialmente leídas y socializadas por los revolucionarios
europeos y sus recomendaciones para la aceleración del proceso de su
descomposición puestas en práctica. Ahora bien, mientras los
obreros tenían que hacer la revolución y a la vez trabajar
en las fábricas, los capitalistas podían pagar estudiosos dedicados
exclusivamente al desarrollo de tecnologías para la modificación de
las condiciones descritas por Marx, a fin de evitar -o al menos
demorar- la desaparición del modo de producción.
Ya Marx había previsto ese
comportamiento en La Ideología Alemana. Marx describía la
ideología como falsa conciencia impuesta por las clases
dominantes a las clases dominadas; lo que había que combatir con
conciencia DE CLASE. Pero en la primera edición del libro (en los
años 30s del siglo XX)
el editor confesaba que ese texto fue “comida de ratones” por
casi todo un siglo; es por eso que cuando se conocieron sus
postulados, las condiciones objetivas ya habían sido cambiadas y el
camino a tomar ya no estaba tan claro.
En la actualidad es un hecho que el
capitalismo no se define industrial, como en los tiempos de Marx,
sino que se considera financiero o financierizado, es decir, cambió
para siempre las condiciones que describió el alemán hace dos
siglos, haciendo que las recomendaciones diseñadas para dicha
circunstancia específica devinieran anacrónicas en la presente.
Además, a partir de mediados del siglo
XIX los capitalistas se dedicaron a perfeccionar las formas de
ideologización de las clases dominadas, a través de lo que Louis
Althusser llamó “los aparatos ideológicos del Estado”, que son
la escuela, la iglesia y los medios de comunicación; o lo que Michel
Foucault llamó “el biopoder”, compuesto por instituciones como
la cárcel y el hospital; o lo que más recientemente William
Robinson denominó “el mundo transnacional”, apuntando
directamente a las corporaciones globales, que diseñan políticas
sobre todos los aspectos de la vida.
Y estos son solo tres de los muchos
teóricos que han descrito lo que los capitalistas diseñaron y
aplicaron en materia de ideologización, para la sociedad de los
siglos XX y XXI. El ser social globalizado tiene como objetivo final
el ideal individualista del consumo ilimitado, con la sociedad
occidental como supuesto modelo a seguir y con la desaparición de
las historias diversas como condición de desarrollo.
Es allí donde entra en escena nuestro
periodista uruguayo, que nos enseñó que la conciencia de clase
comienza con la búsqueda de las historias verdaderas de los pueblos:
lo que él llamó La Memoria del Fuego, que podría
denominarse la memoria de la resistencia soberana. Y nos mostró que
para contar las verdaderas historias no hace falta estudiar la
carrera universitaria (que se llama historia en singular porque
promueve un sola historia), sino todo lo contrario; lo que hace falta
es la decisión a rebelarse de la opresión; y hace falta una buena
dosis de valentía para resistir; y hace falta mucha disciplina para
investigar contracorriente; y hace falta sentido del humor para al
final no morir de dolor o de vergüenza (lo que suena un poco a ese
otro uruguayo de los nuestros, Benedetti).
Galeano nos enseñó que si no
investigamos nuestras historias y nos convencemos de ellas,
seguiremos creyendo la que nos cuentan, que no es ni de lejos la
historia, sino que es lo que nos cuentan que es la historia. Y
seguiremos dominados; y seguiremos oprimidos; porque seguiremos
creyendo que los héroes son rubios y se visten con cuellos de seda y
que como nuestros héroes no son como ellos, sino mestizos y
desnudos, entonces no tenemos héroes y tenemos que dejar que nos
impongan los héroes dominadores y creer que ellos son los únicos
héroes posibles.
Y si eso pasa, los héroes (los de la
historia que ellos nos cuentan) seguirán convenciéndonos que el
dinero se acumula en las arcas de los ricos, porque ellos se lo
merecen, porque se parecen más a los héroes que nosotros, que somos
pobres porque somos flojos y por lo tanto nos vestimos con ropa meid
in china en vez de lui vuiton y comemos frijoles con arroz en vez de
espuma de ostras con huevas de esturión beluga.
Y no es que la historia de los
occidentales sea mala (y por cierto mucho menos el caviar ruso); es
que esa tampoco es su historia. La historia -esa que nos venden como
“la historia universal”- es solo el cuento que los ricos
inventaron para tener dominados a los pobres de todo el mundo (los
que viven cerca de ellos y los que vivimos lejos), para poder
robarnos. Porque aunque el capitalismo haya cambiado, su esencia
sigue siendo la acumulación de capital que los ricos consiguen
robando a los pobres; y esa situación no se resuelve con una guerra
entre los occidentales y los demás (como han pretendendido hacernos
creer sus héroes), sino con la lucha de clases: trabajadores
contra capitalistas, clases dominadas contra clases dominantes,
pueblos contra oligarcas. Y la lucha de clases no consiste en que los
pobres matemos a los ricos, sino que matemos al capitalismo.
Es por eso que el llamado de Maduro en
su Contacto de esta semana fue el mismo de Marx hace 200 años
y el mismo que hizo Galeano en la obra de toda su vida: ¡Pobres del
mundo: uníos!
¡Viviremos y venceremos!
Moravia Peralta-Hernández

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